lunes, 20 de julio de 2026

EL GRAN DESPOJO DEL BIENESTAR Y LA ARQUITECTURA DEL CUARTEL EUROPEO

Alejandro Marcó del Pont
Nueva Revolución, 07/07/2026

En algún lugar de la memoria colectiva europea, entre el polvo de los archivos y las fotografías sepia, permanece la imagen de aquella sala cargada de humo en Berlín, el 20 de febrero de 1933. Veinticuatro hombres, los barones del acero, la química y la banca teutona, la elite alemana se sentaban frente a un cabo bohemio de bigote ridículo para entregarle las llaves del Reich.

Éric Vuillard, en su escalofriante crónica de El orden del día, reconstruyó aquella escena con la precisión de un forense, dejándonos la lección más amarga de la historia económica del siglo XX. Las catástrofes no las provocan los locos, sino los hombres respetables que firman los cheques. Pero hay una verdad aún más oscura que subyace en aquella reunión, una que los historiadores oficiales suelen omitir en sus eufemismos. Aquellos veinticuatro caballeros no solo traicionaron a la democracia de Weimar; iniciaron el mayor ejercicio de despojo, expoliación y sumisión de las clases trabajadoras que Europa hubiera conocido.

Hay similitudes entre el periodo de entreguerras (1918-1939) y la situación actual con las élites europeas. El paralelismo es llamativo, aunque no exactos, la historia no se repite idénticamente, pero rima. En ambos casos, las élites económicas, políticas e intelectuales europeas percibieron una amenaza existencial a su orden liberal/capitalista y responden con estrategias de contención, rearme ideológico y apoyo selectivo a fuerzas «defensoras» del statu quo, a menudo con un giro hacia posiciones más derechistas.

De la lectura se desprende que las élites europeas quieren tres cosas al mismo tiempo: contener a Rusia, reconstruir el poder geopolítico europeo y descargar el costo de la crisis sobre el trabajo y el bienestar social. El problema es que esas tres metas chocan entre sí,: la militarización exige gasto público; la competitividad demanda salarios más bajos y ajustes, y la cohesión política se debilita cuando la población percibe que paga el precio de una estrategia diseñada desde arriba.

Para comprender la magnitud de este despojo, hay que mirar sin anestesia lo que ocurre en el corazón industrial de Europa. El motor de Europa se está apagando, y esto no es un misterio, sino el resultado de la ruptura del modelo de negocios alemán (gas ruso barato + manufactura de alta calidad + exportación a China). Recientemente, a finales de junio de 2026, se anunció que Volkswagen planea cerrar cuatro plantas en Alemania y despedir a 100.000 trabajadores en todo el mundo. El colapso del modelo alemán no es un accidente, es una reestructuración de clase planificada.

Esto refleja una desindustrialización acelerada donde los costes energéticos y las regulaciones verdes destruyen el tejido industrial tradicional. La vieja burguesía industrial europea está sufriendo, pero esto abre la puerta a que los capitales financieros y los fondos de inversión (muchos de ellos estadounidenses o vinculados a las grandes gestoras de activos) adquieran activos europeos a precios de remate, reconfigurando la propiedad de la industria hacia un modelo más financiero y menos productivo.

El capital financiero no necesita fábricas en el Ruhr; necesita bonos verdes, derivados de carbono, algoritmos de gestión de datos y activos comprados a precio de saldo. El despojo consiste en transferir la riqueza pública y productiva a los balances privados de los fondos de inversión, dejando a la ciudadanía con las migajas de una economía de servicios precarizados.

Mientras Alemania es vaciada de su poderío productivo, Londres y París arden en un caos político que sirve como la cortina de humo perfecta para esta operación. El desastre político del Reino Unido, atrapado en la trampa del Brexit y en una sucesión de gobiernos débiles, la fragmentación de Francia, con la extrema derecha acechando el Eliseo y una izquierda irreconciliable, son presentados por los medios hegemónicos como la crisis de la democracia. Nada más lejos de la realidad. Este caos es la condición de posibilidad para el verdadero objetivo de las elites. La construcción del Estado de la Vigilancia.

En la cúspide de esta arquitectura del despojo se erigen tres pilares fundamentales que operan en perfecta simbiosis para garantizar que la riqueza fluya hacia arriba y el control se imponga hacia abajo. El primero de estos pilares es la ingeniería ideológica y moral representada por George Soros y su red de Fundaciones por una Sociedad Abierta. Soros no es un simple filántropo; es el jefe de inteligencia ideológica de las elites transnacionales. Su función en esta transición del bienestar a la vigilancia es crucial: reemplazar la soberanía popular por una red de ONG, think tanks y activismo legal que dicta los límites de lo pensable.

Las Open Society Foundations no buscan el bienestar material de las clases bajas; buscan la sumisión ideológica. Financian la «sociedad civil» que exige la apertura de fronteras (para garantizar un flujo de mano de obra barata y precaria que presione los salarios a la baja) y que, al mismo tiempo, exige la censura de cualquier discurso que desafíe el consenso tecnocrático de Bruselas. Soros provee el marco moral que justifica el Estado de la Vigilancia, bajo la premisa de proteger la «democracia liberal» y los «derechos humanos», se legitima la persecución legal, financiera y mediática de cualquier disidencia. Es la vigilancia del pensamiento, la policía de la moralidad que asegura que las masas empobrecidas no culpen al sistema financiero, sino a los chivos expiatorios de turno.

El segundo pilar es la banca de la reestructuración y el parasitismo financiero, encarnado históricamente por la dinastía Rothschild y, hoy, por la red de bancos de inversión y gestoras de activos globales. Si el Estado del Bienestar se financiaba con los impuestos al trabajo y a la producción nacional, el nuevo Estado de la Vigilancia y el Cuartel se financia con deuda. Aquí es donde se consuma el gran despojo económico. Las elites financieras utilizan las crisis que ellas mismas provocan o exacerban para rescatar a los Estados no con dinero gratuito, sino con deuda impagable. A cambio de esta deuda, los Estados europeos están obligados a hipotecar sus infraestructuras públicas, sus sistemas de pensiones y sus recursos naturales.

Rothschild & Co y sus pares asesoran la privatización silenciosa de lo que queda del patrimonio público. Cada vez que un Estado europeo necesita emitir deuda para mantener a flote su maltrecho sistema de salud o para financiar el déficit energético, los fondos de inversión globales compran esa deuda, exigiendo a cambio «reformas estructurales», es decir, recortes en el gasto social, aumento de la edad de jubilación y flexibilización laboral. El despojo es la financiarización de la vida misma: el capital financiero se alimenta de la sangre del Estado social, absorbiendo la riqueza de las generaciones presentes y futuras para inyectarla en los mercados de activos globales.

El tercer pilar, y quizás el más visible en su brutalidad, es el complejo militar-industrial europeo. La provocación y el enquistamiento del conflicto con Rusia no son un error de cálculo diplomático; son la gallina de los huevos de oro del nuevo modelo de acumulación. El Estado del Bienestar gastaba dinero en construir hospitales, escuelas y redes de transporte, bienes que mejoraban la vida de la población y fortalecían su capacidad de organización.

El Estado del Cuartel gasta ese mismo dinero en comprar drones, misiles y sistemas de vigilancia a corporaciones privadas como Rheinmetall, BAE Systems o Thales. Este es el secreto a voces de las elites europeas. La guerra y la amenaza de guerra son el único keynesianismo que les queda. Ante la imposibilidad de generar crecimiento real en una economía desindustrializada y envejecida, la única forma de inyectar dinero público en la economía sin que la población lo reclame en forma de bienestar social es a través del gasto militar.

Las elites europeas necesitan a Rusia como el enemigo existencial para justificar el aumento exponencial de los presupuestos de defensa. Este gasto público es una trasferencia directa de riqueza de los contribuyentes europeos a los accionistas del complejo militar-industrial. Es el despojo definitivo: obligar a una clase media empobrecida a pagar con sus impuestos los dividendos de las empresas que fabrican las armas que amenazan su propia seguridad.

Y conectando, orquestando y beneficiándose de estos tres pilares se encuentra el gran depredador, la entidad que ha trascendido la mera influencia para convertirse en el verdadero soberano de Europa, BlackRock. Larry Fink y su fondo de catorce billones de dólares no son un actor más en el mercado; son la encarnación del feudalismo financiero global. BlackRock es el dueño de la sustitución del Estado del Bienestar por el Estado de la Vigilancia y el Cuartel porque BlackRock es accionista mayoritario de todo lo que compone este nuevo sistema.

Poseen las acciones de las empresas de energía que estrangulan a la industria alemana; poseen la deuda de los Estados francés y británico que los obliga a recortar los servicios públicos; poseen las empresas tecnológicas que proveen los algoritmos de vigilancia y censura, y, por supuesto, son los principales accionistas de Rheinmetall y de las grandes corporaciones de defensa.

BlackRock no tiene patria, no tiene lealtad a la constitución de ningún Estado europeo y no rinde cuentas ante ningún electorado. Para BlackRock, la «transición verde» no es una necesidad ecológica, es un mecanismo para crear nuevos mercados de activos financieros y destruir la vieja industria que exige derechos laborales. Para BlackRock, la guerra en Ucrania no es una tragedia humanitaria, es una oportunidad para lanzar Exchange Traded Fun (ETFs), o fondo cotizado de defensa europea y capitalizar el miedo. BlackRock es el nuevo Krupp, el nuevo Siemens, el nuevo IG Farben, pero multiplicado por mil y liberado de cualquier atadura territorial.

Las elites europeas ante la pregunta de si son parte del desastre o los ganadores, la hipótesis y el concepto de «capitalismo de crisis» sugiere que la facción tecnocrática, financiera y verde está ganando. La teoría de las elites sugiere que están utilizando la crisis para consolidar el poder supranacional de la Unión Europea y evolucionar su marco legal hacia una mayor centralización.

Si aplicamos a esta Europa, la de 2026, el marco analítico que Ian Kershaw desarrolló en su magistral “Descenso a los infiernos”, el paralelismo no es solo perturbador, es revelador de la intencionalidad de las elites. Kershaw identificó cuatro motores que empujaron a Europa al abismo entre 1914 y 1949: las tensiones nacionalistas, las disputas territoriales, los conflictos de clase y las crisis del capitalismo. Pero su gran lección es cómo las elites conservadoras y financieras utilizaron estos motores para justificar la destrucción de la democracia y los derechos sociales.

En los años treinta, el pánico sistémico de las elites ante el comunismo y la revolución obrera las llevó a apoyar, financiar y armar a los movimientos fascistas. Necesitaban un leviatán que aplastara a los sindicatos, eliminara el derecho a huelga y sometiera a la clase trabajadora a la disciplina de la economía de guerra. El fascismo no fue un accidente histérico de las masas; fue la solución de emergencia de las elites para salvar el capital mediante el terror de Estado.

Al igual que en el periodo de entreguerras, las elites actuales están dispuestas a sacrificar la democracia liberal, el bienestar social y la paz para garantizar la seguridad del capital y su propia supervivencia en la cúspide de la pirámide. Utilizan la amenaza de Rusia y China como el nuevo «peligro bolchevique», un chivo expiatorio geopolítico que les permite imponer medidas de austeridad, recortar libertades civiles y desviar el presupuesto público hacia el aparato de seguridad. El enemigo externo es la coartada perfecta para el despojo interno.

El despojo se ha vuelto invisible, automatizado y aceptado como «sentido común» por una población que ha sido educada para temer más al «discurso de odio» o a la «desinformación» que, a la pobreza, a la guerra o a la pérdida de su soberanía. Las elites han logrado que los propios ciudadanos se vigilen, se delaten y se autocensuren, externalizando la función de la policía política a la propia sociedad civil, esa misma que Soros y sus ONG han meticulosamente adiestrado en la pureza moral y la obediencia tecnocrática.

Al destruir el Estado del Bienestar, las elites europeas han eliminado el colchón de contención social. Han sustituido la esperanza por el miedo, y el miedo, cuando se acumula durante demasiado tiempo en una población acorralada, no genera sumisión; genera una presión explosiva. El despojo tiene un límite físico. Cuando la clase media europea ya no pueda pagar la calefacción, cuando los trabajadores de las ciudades desindustrializadas no tengan nada que perder, cuando la realidad material de la pobreza y la guerra llame a sus puertas, ninguna ley de «desinformación» y ningún algoritmo de vigilancia podrá contener la furia de una sociedad a la que se le ha robado el futuro.

La historia, como Kershaw demostró y como Vuillard noveló, suele castigar esa arrogancia. Las catástrofes históricas rara vez son causadas por monstruos sádicos al principio; son causadas por elites conservadoras, banqueros y tecnócratas que creen que pueden gestionar el caos para proteger sus privilegios. Las elites europeas actuales, al financiar la guerra contra Rusia y permitir la desindustrialización de Alemania, están caminando por el mismo precipicio, convencidas de que su ingeniería financiera y militar las salvará.

Pero los nuevos veinticuatro caballeros, los Soros, los Rothschild, los Fink, los Von der Leyen, los Macron, no han aprendido la lección de sus predecesores. Creen que esta vez será diferente. Creen que el monstruo les obedecerá. La historia, terca y repetitiva, les recordará que los monstruos nunca obedecen a quienes los financian. Europa, una vez más, desciende a los infiernos. Y esta vez no habrá un 1945 que la rescate de sí misma.

martes, 16 de junio de 2026

SE ESTÁ LLEVANDO A CABO UNA OPERACIÓN SIMULTÁNEA CONTRA RUSIA E IRÁN

Onur Sinan Güzaltan

Geopolítica Rugiente, 13/06/2026


O bien prevalecerán las fuerzas que defienden el mundo centrado en Occidente, la unipolaridad y la hegemonía estadounidense, o bien lo harán las fuerzas que favorecen la tendencia hacia la multipolaridad.

Ucrania llevó a cabo un ataque contra una escuela y una residencia de estudiantes en la región de Lugansk en la mañana del 22 de mayo. Según el presidente Vladimir Putin, al menos 39 personas resultaron heridas y seis perdieron la vida en el ataque. Putin afirmó que el ataque no fue el resultado de un objetivo accidental, sino que se llevó a cabo deliberadamente.

El ataque corre el riesgo de acabar con las perspectivas de cualquier solución diplomática entre Rusia y el Gobierno de Kiev. Inmediatamente después del ataque, que traspasó las líneas rojas previamente declaradas por Moscú, los dirigentes rusos respondieron con un ataque contra Kiev, lo que agravó aún más las tensiones.

El Dr. Onur Sinan Güzaltan, autor de la UWI y politólogo, evaluó el ataque de Kiev en Lugansk y los últimos acontecimientos de la guerra en Ucrania en una entrevista realizada por Ceyda Karan.

«Las líneas rojas de Rusia se traspasan una y otra vez»

Afirmando que el ataque de Kiev en Lugansk traspasó una vez más las líneas rojas de Rusia y llevó la guerra a una nueva fase, Güzaltan argumentó que Zelenskyy no podría haber llevado a cabo tales ataques sin el apoyo de Trump y Occidente:

Cada vez que la posibilidad de una vía diplomática entre Rusia y Ucrania se pone sobre la mesa, le sigue inmediatamente una maniobra destinada a provocar a Rusia. El ataque contra la escuela y la residencia de estudiantes en Lugansk es un ejemplo de ello.

La reacción en los medios de comunicación rusos y entre la opinión pública es enorme. El asesinato de niños ha provocado una indignación generalizada. Los dirigentes rusos lo han expresado de manera concreta lanzando un ataque contra Kiev. Es probable que haya más.

Cada vez se traspasan las líneas rojas trazadas por Rusia. Con este ataque, la guerra ha entrado en una nueva fase. La posibilidad de una solución diplomática entre los dos países y el régimen de Kiev ha quedado una vez más archivada.

No creo que la administración de Zelenskyy pudiera llevar a cabo un ataque de este tipo sin el permiso de EE. UU. Aunque Trump busca un acuerdo con Rusia, sigue apoyando al régimen de Kiev entre bastidores. La continuidad de casi todos los gobiernos actuales en Europa depende de que continúe la guerra contra Rusia.

Están tratando de forjar su razón de ser y sus motivaciones básicas a través del sentimiento antirruso. También hay razones económicas detrás de esto. Están en juego los intereses de la industria militar y los grupos de capital en Europa. La mayoría de los financieros quieren que la guerra continúe. Sin su apoyo, la administración de Kiev no se atrevería a llevar a cabo tales ataques.

«La similitud entre los ataques en Minab y Lugansk demuestra quién está detrás de ellos»

Señalando que los europeos insisten en la continuación de la guerra entre Rusia y Ucrania, Güzaltan también recordó el ataque respaldado por EE. UU. en Minab, Irán. Según Güzaltan, la similitud entre los ataques en Minab y Lugansk revela concretamente quién está detrás de ellos:

La visita de Putin a China fue importante. Allí se emitió una declaración sobre la multipolaridad. Con ello, subrayaron su voluntad de rechazar la unipolaridad de EE. UU. También podríamos ser testigos de ataques similares en Irán. EE. UU. y Occidente están respondiendo de esta manera a la tendencia y la voluntad hacia la multipolaridad. En este punto, también podrían recurrir a la OTAN.

Ya habíamos visto ataques similares en Irán. En Minab, atacaron una escuela y tomaron como blanco a los niños. También hay muchos ejemplos de esto en el pasado. Occidente e Israel recurren sistemáticamente a atacar a los niños para quebrantar la voluntad de la fuerza contraria.

Esto también muestra quién está detrás del régimen ucraniano. La similitud entre el ataque a la escuela en Minab y el ataque en Lugansk es una prueba concreta de quién está detrás del ataque. El objetivo es aterrorizar a la población. Quebrantar la voluntad de los rusos o de los iraníes.

La pregunta es: ¿hasta dónde podrían llegar? La continuación de este conflicto, de la guerra en Ucrania, se ha convertido en una cuestión existencial para los gobiernos europeos, ya que, de lo contrario, podrían perder su poder. Los rusos también saben que existe una hostilidad histórica hacia Rusia en Europa. Figuras como Napoleón y Hitler tenían la idea de desmembrar Rusia.

Hoy en día vemos algo similar. Las declaraciones antirrusas de Alemania y Francia no sorprenden a Rusia. Las recientes inversiones de Alemania en el ámbito militar se perciben naturalmente como una amenaza en Rusia, pero ¿puede Europa Occidental enfrentarse a Rusia sin el apoyo de EE. UU.?

Esta es la pregunta fundamental, y no parece muy posible. El poder de Trump también se ha debilitado. Han fracasado en su ataque contra Irán. También tienen problemas a nivel interno.

Además, existe una aguda contradicción entre Europa y Estados Unidos. Por un lado, intentan mantener viva la propaganda antirrusa; por otro, ni la población europea ni su poder económico están preparados para enfrentarse a Rusia.

«La hegemonía occidental de 500 años se está derrumbando»

Según Güzaltan, la hegemonía europea que sigue incitando a la guerra se encuentra en proceso de colapso. Señalando el énfasis de Rusia y China en la multipolaridad, Güzaltan argumentó que la iniciativa de ambos países tomará forma en el futuro:

O prevalecerán las fuerzas que defienden el mundo centrado en Occidente, la unipolaridad y la hegemonía estadounidense, o prevalecerán las fuerzas que favorecen la tendencia hacia la multipolaridad. No creo que esto pueda resolverse mediante una fórmula intermedia, ni en Irán, ni en Rusia, ni en ningún otro frente. Incluso si hay paz, la probabilidad de que sea permanente es muy baja.

Nos encontramos en un proceso en el que 500 años de hegemonía occidental se están derrumbando. Los libros de historia registran el tipo de masacres que esta hegemonía cometió desde Asia hasta América Latina. No hay nada nuevo en este sentido. La diferencia es que la máscara de la hegemonía occidental se ha caído. Solían esconderse tras discursos como los derechos humanos y la globalización, pero esto ya no se sostiene.

La declaración entre Rusia y China es muy importante en este momento. Además, esta declaración se produjo inmediatamente después de la visita de Trump a China. En la declaración, afirmaron que no aceptan la hegemonía y anunciaron su voluntad de un mundo multipolar. Firmaron acuerdos bilaterales exhaustivos.

Putin y Xi Jinping demostraron que, más allá de las relaciones bilaterales, también estaban presentando ante el mundo una iniciativa global conjunta. Dado que Rusia y China son potencias importantes en lo económico, lo militar y lo tecnológico, no se puede subestimar la importancia de esta visita. Puede que los europeos le resten importancia, pero en el próximo periodo seremos testigos de cómo esta iniciativa va tomando forma en diferentes partes del mundo.

viernes, 29 de mayo de 2026

PEPE ESCOBAR: EL EMPERADOR NO TIENE NI ROPA NI CARTAS

 Pepe Escolar, analista geopolítico brasileño 

Shanghái – La potencia china avanza a toda velocidad, como un vehículo eléctrico que frena bruscamente. El ambiente es electrizante. En una cena de negocios en un emblemático restaurante cantonés, la visita de Trump a China, al menos, impulsa la conversación hacia algo más tangible: los caminos divergentes que Occidente y Oriente deben seguir para las futuras generaciones.

El mundo empresarial de Shanghái no se muestra precisamente impresionado por la llegada del Emperador de Barbaria. Incluso si todas las variables geopolíticas posibles están en juego en la que posiblemente sea la reunión diplomática más importante del Año de la Guerra 2026, con posibles decisiones comerciales y de seguridad que sin duda afectarán a todo el Sur Global.

Empecemos con las preocupaciones más comunes de los estadounidenses. Trump, un maestro en el arte de la falta de empatía, al menos pudo haber echado todo a perder con su discurso: «No pienso en la situación financiera de los estadounidenses. No pienso en nadie».

Y sin embargo, lo hace. Le aterra convertirse en un político mediocre y sin poder tras las elecciones de mitad de mandato. Por eso presionará a Pekín para que compre más soja —para contentar a su base electoral del Medio Oeste— y más aviones Boeing. Presionará a Pekín para que exporte tierras raras —para complacer al complejo militar-industrial—.

Y, por supuesto, ejercerá la máxima presión sobre Xi para que presione a Teherán a abrir el estrecho de Ormuz, de modo que los precios del petróleo bajen, la inflación se reduzca y la Reserva Federal recorte los tipos de interés.

No tiene ninguna herramienta para lograr sus objetivos. En la guerra tecnológica, su presión máxima solo provocó que China superara repetidamente a los proveedores estadounidenses. En la guerra comercial, China diversificó ampliamente sus exportaciones e incluso obtuvo un superávit comercial récord.

Irán es, por supuesto, la clave, sobre todo al mostrar a todo el planeta las enormes deficiencias estructurales de esta «nación indispensable». ¿Qué hará Trump? ¿Amenazar a Xi porque Irán utiliza el sistema de satélites chino BeiDou, que de facto ha convertido a todo Oriente Medio en un blanco fácil para los misiles balísticos iraníes?

Irán nunca perdió su corredor de conexión petrolera con China cuando el Emperador de Barbaria impuso el «bloqueo». El flujo continúa a través de la red clandestina de buques cisterna que navegan cerca de las aguas territoriales iraníes y pakistaníes, transferencias de barco a barco, cargamentos camuflados y, ahora, refinerías chinas a las que Pekín ha ordenado asumir el riesgo de las sanciones.

No se trata de una lucha únicamente en términos talosacrónicos, sino también en términos del transporte terrestre euroasiático, a través del corredor ferroviario euroasiático, esos trenes que van de Xi’an a Teherán y viceversa. Puede que los ferrocarriles aún no alcancen el volumen de las exportaciones marítimas, pero estratégicamente esto es fundamental, ya que demuestra que la presión marítima es completamente diferente del estrangulamiento económico terrestre.

La «brillante» idea estadounidense de asfixiar la cadena de suministro de petróleo de China, desde Venezuela hasta el Ormuz, además de sancionar las refinerías chinas de poca monta, solo provocó que China emergiera como uno de los principales mediadores reales durante el (ininterrumpido) alto el fuego, junto con Rusia.

La operación Hormuz, ejecutada a la perfección por Irán, ha tenido muy poco impacto en las importaciones chinas, al igual que la restricción de las exportaciones de Nvidia H100 y H200 para «controlar» la IA china, que prácticamente no tuvo efecto. Al fin y al cabo, China ignora de facto a Nvidia. El modelo DeepSeek V4 utiliza chips locales. Y la H200 no se vende en China.

Xi ni siquiera tendrá que decirle a Trump cara a cara que, si insiste en desatar una guerra financiera cerrando las instituciones financieras que respaldan las refinerías de los puertos de té, Pekín no tendrá ningún problema en desplegar una guerra económica a gran escala.

Taiwán no es la única carta que queda. De hecho, Taiwán ni siquiera es una carta. Para Pekín, Taiwán es un asunto de seguridad interna. Todo lo demás es mera propaganda. 

Puede que Pekín invierta en persuadir a Trump para que anule la venta de armas a Taiwán por valor de 11.000 millones de dólares, que incluye destructores equipados con el sistema Aegis, F-35, misiles Patriot (ineficientes) y aviones E-2D Hawkeye para sistemas de alerta temprana. Pero incluso eso es secundario.

¿Qué queda, entonces, después de toda la pompa y circunstancia (reducidas)? En el mejor de los casos, el actual y bastante precario statu quo.

El plan de guerra tecnológica chino

En resumen, el juego de Trump consiste en obligar a Xi a ejercer presión diplomática sobre Irán para que acepte las condiciones de Barbaria para poner fin a la guerra. Eso es totalmente inviable en todos los sentidos.

Incluso si eso sucediera, a cambio Trump podría ofrecer relaciones comerciales “estables” entre Estados Unidos y China, extensiones de treguas comerciales y concesiones en materia de controles tecnológicos. A Xi no le impresiona nada de esto, pues sabe, siguiendo la máxima de Lavrov, que Estados Unidos es capaz de llegar a un acuerdo sin acuerdo alguno.

Es posible que la maltrecha imagen de los BRICS ni siquiera forme parte de las conversaciones. China abordará sus graves problemas internos por separado, en la reunión de ministros de Asuntos Exteriores que se celebrará en la India casi simultáneamente con la de Trump y Xi en Pekín.

Xi también podría sospechar que los verdaderos manipuladores de Trump —el feudalismo tecnológico, la gran banca y diversos vástagos de la corporación sionista— han urdido una guerra mundial sistemática y secuenciada que ya se está librando, desde ahora hasta aproximadamente 2040, dirigida contra infraestructuras globales esenciales, el comercio y la energía, diseñada para colapsar el viejo orden e instaurar un verdadero Gran Reinicio, en términos mucho más rentables.

Eso es exactamente lo contrario, lo más crudo y lo más opuesto, de la política oficial china, que busca crear una comunidad para un futuro compartido para la humanidad. Xi no se desviará ni un milímetro de esta política, que de hecho es su política, para complacer el ego desmesurado de un narcisista patológico y psicópata.

Xi ya está centrado en el Plan Quinquenal de 141 páginas, presentado en marzo, que hace referencia a la IA más de 50 veces; tiene como objetivo una penetración del 70 % de la IA en toda la economía china para 2027; y se compromete con redes de comunicación cuántica espacio-Tierra, cronogramas de fusión nuclear e interfaces cerebro-computadora.

El Plan Quinquenal también contempla «medidas extraordinarias» para lograr la autosuficiencia en tierras raras y semiconductores, reforzando una cadena de suministro sin la cual el ejército estadounidense simplemente perece.

El plan chino prevé la implementación de la IA en toda la economía; la robótica como columna vertebral de la industria; la infraestructura espacial; la computación cuántica; y el fortalecimiento total del dominio del procesamiento de tierras raras.

Podríamos llamarlo un plan de guerra chino de facto —al nivel de prioridad de seguridad nacional— en una confrontación directa con Estados Unidos. Creer que Trump podría modificarlo con un montón de promesas vacías es sumamente ingenuo.

Se escribirá la crónica histórica. Lo que ya es seguro es que la idiotez de intentar mantener el dominio mundial estrangulando a la emergente superpotencia China mediante un «bloqueo» de los puertos iraníes y el estrecho de Ormuz, sumiendo en llamas a todo Occidente y arruinando su propia economía en el proceso, debe figurar entre las tres mayores idioteces de la larga serie producida por el profundamente engañado Estado profundo estadounidense.

LA DESOBEDIENCIA CIVIL CONTRA EL ALISTAMIENTO ES CADA VEZ MÁS AGRESIVA EN UCRANIA

 mpr21, 25/05/2026

Los ucranianos no quieren la guerra y, o bien huyen del país, o se niegan a ir a filas. A medida que se prolonga la guerra, la desobediencia civil contra el servicio militar obligatorio es cada vez más agresiva. El año pasado estuvo marcado por las ejecuciones de reclutadores.

Según datos oficiales del gobierno de Kiev, entre 2024 y 2025 los ataques a los oficiales de reclutamiento se han triplicado. En los primeros cuatro meses de este año se han producido al menos 117 ataques, más de 20 veces los cinco registrados en todo el primer año de la guerra.

A finales de enero un hombre se presentó en un centro de entrenamiento militar y mató a tiros al oficial que había reclutado a la fuerza a un conocido suyo.

En diciembre un oficial de reclutamiento fue ejecutado a puñaladas en la ingle por un hombre al que le había exigido la documentación. Luego agredió a otros tres oficiales antes de huir.

Los medios ucranianos dicen que los vídeos mostrando los secuestros de los reclutadores están alimentados por las redes de desinformación rusas. No obstante, es un hecho que son muy frecuentes, incluso en la vía pública, debido a una fuerte disminución de los alistamientos voluntarios y la escasez de mano de obra.

En diciembre un grupo de personas atacó a unos reclutadores que intentaban comprobar los documentos de los transeúntes en la via pública, hiriendo a uno de ellos, que acabó con una costilla rota.

Este año los enfrentamientos han aumentado. En enero un hombre mató a un oficial de reclutamiento y huyó con uno de los reclutas que escoltaba.

En febrero, hubo dos ataques contra los reclutadores en Jarkov y la región de Lvov. La policía sospechaba que en el último, una persona intentó ayudar a un recluta a escapar. Un mes después, un grupo embistió una furgoneta conducida por reclutadores y asaltó el vehículo para liberar al recluta que habían secuestrado.

En la primera semana de abril, hubo tres apuñalamientos en cuatro días, incluido el de un reclutador apuñalado en el cuello por un policía de aduanas cuyo hermano él y sus colegas habían intentado alistar por la fuerza.

Unos días más tarde, un grupo de adolescentes agredió a los reclutadores para proteger a un hombre al que intentaban secuestrar, y el mes terminó con un soldado de 48 años desertando y disparando su arma contra un coche en el que se encontraban los reclutadores junto a un policía. Dos de ellos fueron ingresados en el hospital.

Hace apenas unos días, un presunto evasor del servicio militar obligatorio envió a dos reclutadores más al hospital en estado grave, apuñalándolos cuando intentaban comprobar sus documentos.

Dos millones de desertores

El propio Ministro de Defensa ucraniano ha revelado que hay dos millones de desertores del servicio militar obligatorio. Si bien el alistamiento voluntario caracterizó la guerra en los primeros meses de combates, ahora el 70 por ciento de son reclutados a la fuerza.

Los ciudadanos ucranianos que huyeron a Europa al comienzo de la guerra se opusieron a los intentos europeos de repatriarlos, en algunos casos para ser reclutados a petición del gobierno ucraniano.

Mientras los ucranianos adinerados sobornan a los funcionarios para evitar el reclutamiento, el comandante de la Guardia Nacional Ucraniana insta a quienes “tienen problemas de dinero” para unirse al ejército. La gran mayoría de las bajas en combate proceden de localidades pequeñas, donde las tasas de pobreza son más altas.

Hay más en juego que sólo la victoria o la derrota de Ucrania. La prolongación de la guerra ha creado e intensificado una grave crisis económica y demográfica que amenaza el futuro de Ucrania como Estado viable. Algunos medios alemanes han comenzado a comparar a Ucrania con Gaza.

La semana pasada, el jefe de la Oficina de Política Migratoria de Ucrania estimó que el 70 por cien de los inmigrantes en el extranjero podrían no regresar al país, lo que resultaría en una amenaza de escasez de mano de obra en sectores cruciales. El Estado ucraniano, que ya cuenta con enormes préstamos europeos, tiene una deuda insostenible de miles de millones de euros con las familias de los soldados caídos, cuyo número ha crecido exponencialmente.

jueves, 7 de mayo de 2026

CÁUCASO Y ASIA CENTRAL: HIDROCARBUROS, LOGÍSTICA Y PODER

 Jorge Cachinero

ABC Blogs, 05/05/2026

La desaparición de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) en 1991 permitió el surgimiento de dos grupos de países independientes en el entorno de la sucesora de la URSS, la Federación de Rusia, en el sur del Cáucaso y en Asia Central.

Los países de Occidente descubrieron entonces que dichas regiones poseían volúmenes inmensos de hidrocarburos y estaban magníficamente situadas para actuar como conectores logísticos entre el norte y el sur y el este y el oeste, respectivamente, de Eurasia.

No obstante, aquellos sueños y planes occidentales de convertirse en influyentes en esas dos áreas y de beneficiarse de los negocios asociados al petróleo, al gas y al transporte de mercancías nunca llegaron a hacerse realidad.

Georgia realizó un trayecto repleto de dificultades y amenazas existenciales durante todos esos años para integrarse en Occidente, pero acabó siendo el primer país de Europa en suspender sus negociaciones para adherirse a la Unión Europea (UE).

La presencia diplomática o de instituciones del denominado poder blando de origen occidental es desproporcionadamente grande en el sur del Cáucaso y en Asia Central.

La asistencia humanitaria es el eufemismo que se utiliza con frecuencia para disfrazar la penetración de numerosos países en aquellas áreas del antiguo mundo soviético o, previamente, del imperio ruso.

La generosidad con la que The British Council otorga becas para llegar y ser popular entre las nuevas generaciones caucásicas o centroasiáticas resulta llamativa.

Armenia es un caso opuesto al de Georgia, ya que sigue permitiendo las operaciones de innumerables organizaciones no gubernamentales occidentales de asistencia humanitaria en su territorio.

El número de empleados en la embajada de Estados Unidos (EE. UU.) en Ereván oscila entre 500 y 3.000, mientras que en la de Rusia no supera los 100.

Un caso cómico fue el ofrecimiento del gobierno del Reino Unido, que en 2020 propuso al ejecutivo de Kirguistán reconstruir el edificio de su parlamento en Biskek, proyecto rechazado por la brecha obvia de Inteligencia que representaría para la seguridad kirguís.

Los países del sur del Cáucaso y de Asia Central aprendieron a transitar del coqueteo a la madurez en sus relaciones con Occidente durante estos 35 años tras el colapso de la Unión Soviética.

Rusia es un socio económico crítico de las naciones del sur del Cáucaso, ya que es protagonista del 35,5% del comercio exterior de Armenia y es clave en el de Azerbaiyán, a pesar de que Italia es un gran comprador de petróleo y gas azerí.

La UE y Turquía son los principales socios comerciales de Georgia, aunque China está incrementando sus inversiones en proyectos ferroviarios y portuarios.

China superó a Rusia como principal socio comercial de los países de Asia Central (Kazajistán, Kirguistán, Tayikistán, Turkmenistán y Uzbekistán) a principios de 2026, gracias a su Iniciativa de la Franja y la Ruta, a los gasoductos y a la importación de energía y recursos.

A pesar de ello, Rusia se ha convertido en el primer exportador de petróleo a China a través del oleoducto Power of Siberia 1 (PoS1) y del PoS2, este último en construcción.

Los hechos en los mercados están imponiendo un duopolio comercial en Asia Central entre China y Rusia, aunque ambas sigan estrategias distintas.

Los países de Asia Central que mejor van económicamente son Kazajistán, Turkmenistán y Uzbekistán, ya que son suministradores de hidrocarburos y han construido grandes infraestructuras de transporte.

Kirguistán y Tayikistán, en cambio, son importadores netos de petróleo y gas y, por lo tanto, sus perspectivas económicas no son comparables a las de sus vecinos regionales.

Rusia comparte pasado y proximidad, es decir, historia y geografía, con los países del sur del Cáucaso y de Asia Central, aunque se equivocaría si tomara dicha posición privilegiada de partida como algo asegurado de por vida.

El foco de Moscú en esas regiones es la interlocución con sus clases dirigentes, mientras que algunos países occidentales prefieren invertir en las generaciones más jóvenes en la esperanza de que, en el futuro, se enfrenten a aquellas.

Sin embargo, Rusia continúa siendo un socio vital para la seguridad y la prosperidad económica de las naciones caucásicas y centroasiáticas, ya que desempeña un papel de estabilidad frente a la multiplicidad de riesgos que les amenazan.

sábado, 11 de abril de 2026

EN LA LUCHA CONTRA EL IMPERIALISMO, IRÁN HA GANADO EL PRIMER ASALTO

 Bruno Guigue

mpr21, 11/04/2026

Que la principal contradicción de nuestro tiempo es la contradicción entre imperialismo y antiimperialismo, que hoy se expresa, con increíble violencia, a través de la agresión criminal contra el Líbano, que explotó durante 40 días con el feroz ataque contra Irán, es obvio. Pero como todas las contradicciones, desarrolla sus efectos de formas inesperadas y su exasperación en la lucha a veces reserva muchas sorpresas.

Hay que decir que, inicialmente, la asociación criminal entre los depredadores de Washington y los genocidas de Tel Aviv creía que tenía los medios para ganar. Estos belicistas se consideraban la fuerza dominante y, a sus ojos, Irán sólo representaba el aspecto secundario de la contradicción principal. Este país en desarrollo les parecía una potencia regional frágil y desparasitada, que no resistiría los golpes de la cibernética militar: sería derrotada por el aparato militar imperialista, tal era su convicción, al final de un rápido choque y devastador.

Sin embargo, el curso de los acontecimientos infligió a esa pretensión narcisista la terrible herida del principio de la realidad, y lo que se consideraba el aspecto principal de la contradicción (el imperialismo) podría reducirse al rango de aspecto secundario. Inesperadamente, la notable resistencia de Irán ante la ofensiva militar israelí-estadounidense demostró que este país soberano, fuerte en su inquebrantable determinación y preparada desde hace tiempo para esta prueba de fuerza, tenía los medios suficientes para oponer una resistencia a largo plazo a la agresión imperialista.

Ahora conocemos las razones de esta inversión imprevista del equilibrio de poder. Primero, un equilibrio de fuerzas políticas: contrariamente a lo que creían los belicistas de Washington y Tel Aviv, las contradicciones internas de la sociedad iraní, lejos de alcanzar una etapa paroxística bajo el efecto de la agresión extranjera, han sido cauterizadas por esa insoportable negación de la soberanía nacional iraní que representaron los frenéticos bombardeos del agresor. Amenazada por su existencia, herida por su orgullo nacional, la República Islámica del Irán demostró ser mucho más sólida políticamente de lo que sus enemigos imaginaban, y la Quinta Columna permaneció ausente.

Por el contrario, el campo imperialista sufrió y todavía sufre múltiples contradicciones, ya que está claro que Estados Unidos, la entidad sionista y las petromonarquías del Golfo persiguen agendas diferentes. Incluso entre Washington y Tel Aviv, a pesar de ser compinches en agresiones militares y cómplices en crímenes masivos, estallaron contradicciones cuando Trump decidió aceptar un alto el fuego el 9 de abril, en condiciones que sugieren que esta decisión se tomó en contra del deseo israelí de continuar la agresión. Que la entidad atacara inmediata y cobardemente a Líbano el primer día de la implementación del alto el fuego no es una coincidencia.

Porque en germen, en la relación entre los dos países, había una cierta divergencia en cuanto a los objetivos y la conducción de la guerra: si el jactancioso hiperimperialismo de Trump se convirtió en el celoso auxiliar del expansionismo supremacista de Netanyahu, era el momento de una guerra de 40 días, pero tal vez no hasta el fin de los tiempos. Seguro que la agenda apocalíptica de los genocidas de Tel Aviv excede con creces el calendario electoral de Trump, lo cual sería una buena noticia y también nos diría, de paso, cuál es el más loco de los dos.

Basta leer la prensa israelí para darse cuenta de que Washington ha hecho una pausa en el alineamiento pavloviano con los delirios del colonialismo israelí. El desencadenamiento de la violencia contra Líbano, desde ese punto de vista, es un acto de pura venganza y, por tanto, una admisión de debilidad estratégica.

Podríamos hacer un análisis comparable de las contradicciones que atravesaron las relaciones entre Estados Unidos y las petromonarquías durante este conflicto. Los regímenes árabes de la región no tenían ningún interés en continuar una guerra que no querían, que perturba la acumulación capitalista de su economía rentista y que resulta en el filtrado draconiano del paso de barcos en el Estrecho de Ormuz por parte de los iraníes.

¿Falta de anticipación por parte de los estrategas de Washington? El arma económica, sin embargo, fue utilizada por los iraníes como habían anunciado, si sus adversarios alguna vez quisieran llevar a cabo una agresión. En esta asimetría que se opone a una potencia media y a un imperio dotado de medios colosales, el arma económica más eficaz claramente no estaba en el lado americano, sino en el lado iraní. Revirtiendo los términos de la principal contradicción, la asimetría del conflicto a nivel militar equivalía a una asimetría inversa a nivel económico.

Sin embargo, la correlación de fuerzas era tanto más favorable para Irán cuanto que su propia estrategia militar tenía perfectamente en cuenta la desproporción de recursos. Apostando casi exclusivamente por su capacidad de respuesta balística, Teherán podía utilizar todas las palancas de una región potencia con alto potencial científico y técnico, un complejo militar-industrial endógeno capacidad de producción de misiles y drones de bajo costo, y geografía propicia para proteger sus vitales instalaciones militares.

Este nudo insospechado de fuerzas chocó con la ambición estadounidense de imponer la capitulación de Irán al final de una guerra corta y decisiva. Al acentuar las contradicciones secundarias del campo imperialista, sin olvidar las contradicciones internas de la clase dominante y el pueblo estadounidense, la estrategia iraní claramente ha sumado puntos.

Todavía es demasiado pronto para decir que Irán ganó la guerra, pero lo cierto es que ganó la primera vuelta, que extrañamente se parece, considerando todo, a la Guerra de los 12 Días, en junio del año pasado, que terminó con una retirada del dúo imperialista. El resultado momentáneo del conflicto muestra que una potencia regional que ha sufrido sanciones occidentales durante 20 años puede defenderse de los agresores que imaginaron que podrían derrotarlo rápidamente.

Por eso esta guerra tiene una dimensión altamente simbólica: es una guerra de liberación, anticolonial y antiimperialista. Es una guerra defensiva librada por un país soberano contra un imperio depredador que ha jurado su perdición. También es una lucha legítima contra un ectoplasma colonial y genocida. La exhibición que ha realizado desde hace 40 días reitera la de Dien Bien Phu en 1954, o la de la victoria del pueblo argelino en 1962. Da testimonio de la capacidad de resistencia de los pueblos que supieron repeler el imperialismo imponiéndole un terreno de lucha del que es incapaz de salir victorioso. Irán ha sufrido terribles golpes, su población civil ha pagado el alto precio de una guerra de agresión, pero el Estado iraní sigue en pie, coronado por esta victoria de los débiles sobre los fuertes que sigue siendo la victoria característica sobre el imperialismo. y colonialismo.

Fuente original: https://www.facebook.com/bruno.guigue.10/posts/pfbid0yCFTAvFA4fUxvQGfjXjARUt6WhpaAjuLRLir6A7NHifHPSvrv8fw27G6VyNPjhBpl

martes, 7 de abril de 2026

EL AGUA AL LÍMITE: EL FRENTE DE LA DESALINIZACIÓN EN EL GOLFO, EN UNA GUERRA QUE SE EXTIENDE

 Geopolítica rugiente, 03/04/2026

En una región que se sustenta en el agua gestionada, es posible que la próxima escalada no afecte al petróleo, sino a los sistemas que hacen posible la vida

La seguridad hídrica del Golfo Pérsico se enfrenta ahora a una prueba existencial, ya que las plantas desalinizadoras pasan de ser pilares del desarrollo a convertirse en objetivos militares estratégicos, lo que pone en un riesgo sin precedentes la continuidad de la vida urbana y los flujos de inversión en toda la región.

La dependencia estructural de los Estados del Golfo respecto a la desalinización del agua de mar para su seguridad hídrica pone de manifiesto una vulnerabilidad crítica ante la agresión en curso de Estados Unidos e Israel contra Irán, iniciada a finales del pasado mes de febrero.

A medida que los bombardeos recíprocos se intensifican y persisten, crece la preocupación de que el enfoque estratégico de las partes beligerantes se desplace más allá de las instalaciones militares y la infraestructura energética convencional hacia la propia costa.

Los indicadores económicos muestran que cualquier interrupción en las plantas desalinizadoras amenaza la continuidad de los centros urbanos y la actividad industrial en una región totalmente desprovista de recursos hídricos naturales renovables.

Una región diseñada contra sus propios límites

El Golfo Pérsico alberga el mayor mercado de desalinización del mundo, con aproximadamente 3.401 plantas en funcionamiento, que abarcan grandes instalaciones, sistemas de ósmosis inversa de mediana escala y unidades integradas en complejos industriales.

En conjunto, producen más de 22 millones de metros cúbicos diarios, lo que representa casi un tercio de la producción mundial. La dependencia es casi total: Catar depende de la desalinización para el 99 % de su agua, Baréin y Kuwait para el 90 %, Omán para el 86 % y los Emiratos Árabes Unidos para el 42 %. Arabia Saudí depende de la desalinización para alrededor del 70 % de su suministro a grandes ciudades como Riad y Yeda.

Estas plantas se agrupan a lo largo de las costas, dentro del alcance de los misiles y drones iraníes, lo que vincula la seguridad nacional del Golfo directamente a la supervivencia de estas instalaciones. Perderlas paralizaría ciudades enteras.

Ciudades como Dubái y Doha dependen de un suministro ininterrumpido de agua para mantener los sistemas de refrigeración de los centros de datos y los vastos complejos comerciales. Una interrupción que durara más de 48 horas provocaría consecuencias económicas y sociales que superarían con creces la capacidad de los sistemas locales de gestión de crisis.

Cuando el agua se convierte en un campo de batalla

La mayoría de las instalaciones de desalinización del Golfo funcionan mediante sistemas de producción lineales, en los que un daño en una sola etapa —bombas de alta presión o unidades de membrana— detiene todo el proceso.

Los informes de la primera semana de la agresión señalaban daños en la planta de Fujairah, en los Emiratos Árabes Unidos, y en la planta de Doha Oeste, en Kuwait, causados por restos de misiles interceptores. Teherán acusó a Washington de atacar una instalación en la isla de Qeshm, mientras que Manama culpó a Irán de atacar una planta de Baréin. Estos incidentes indican un posible cambio hacia el ataque a las infraestructuras que sustentan la vida civil, lo que eleva el coste de la guerra en todos los frentes.

Estas instalaciones son intrínsecamente difíciles de defender. Su escala, exposición y dependencia de la toma directa de agua de mar limitan las opciones de fortificación. Protegerse exige amplios recursos de defensa aérea, lo que agota las reservas de misiles interceptores en lo que se perfila como una prolongada guerra de desgaste. Un solo dron que penetre en una unidad de control central podría inutilizar una planta que abastece a un millón de personas durante semanas.

Energía y agua: un único punto de fallo

Alrededor del 75 % de las plantas desalinizadoras del Golfo funcionan mediante cogeneración, lo que vincula la producción de agua directamente a la generación de electricidad. Cualquier ataque contra las redes de suministro de gas o las centrales eléctricas paralizaría la producción de agua sin afectar directamente a las unidades de desalinización.

Esta interdependencia crea una vulnerabilidad en varios niveles: un solo ataque puede dejar sin servicio tanto la electricidad como el agua simultáneamente. 

También complica la recuperación. Los transformadores destruidos en los complejos de desalinización requieren importaciones pesadas y especializadas, difíciles de conseguir ya que las rutas marítimas se ven interrumpidas o los puertos son blanco de ataques. Reiniciar las centrales térmicas tras paradas repentinas conlleva el riesgo de daños duraderos en las turbinas y calderas debido a cambios bruscos de temperatura y presión.

La desalinización en sí misma consume una enorme cantidad de energía. Cada metro cúbico requiere un aporte significativo de combustible o electricidad. A medida que el ataque estadounidense-israelí entra en su quinta semana, los sectores energéticos del Golfo se enfrentan a una presión creciente para satisfacer la demanda interna y, al mismo tiempo, mantener los compromisos de exportación. 

La guerra invisible: los frentes cibernéticos 

Las modernas plantas desalinizadoras dependen de complejos sistemas de control digital, lo que abre un campo de batalla paralelo en el ciberespacio. Irán ha demostrado una capacidad avanzada para atacar las infraestructuras de agua y energía mediante operaciones cibernéticas.

La penetración en estos sistemas permite a los atacantes detener la producción, dañar componentes internos alterando las velocidades de rotación o la presión, o manipular los niveles de tratamiento químico, lo que hace que el agua no sea apta para el consumo. 

Los ciberataques son difíciles de detectar en tiempo real y pueden paralizar las operaciones sin causar destrucción visible, lo que complica las reparaciones y agrava la confusión dentro de las estructuras de gestión de crisis. Los operadores se ven obligados a destinar enormes recursos a la ciberseguridad, pero las vulnerabilidades persisten debido a las cadenas de suministro de software y hardware integradas a nivel mundial.

Incluso una manipulación menor del software puede desencadenar desequilibrios químicos, exponiendo a la población a agua no apta para el consumo antes de que se detecte. Estos ataques no solo apuntan a la infraestructura, sino también a la confianza pública, utilizando el pánico como arma en el marco de la guerra híbrida. 

La contaminación como arma de guerra 

La naturaleza semicerrada del Golfo Pérsico lo hace altamente susceptible a una rápida contaminación ambiental. Los derrames de petróleo, ya sean deliberados o colaterales, pueden paralizar las plantas desalinizadoras al obligar al cierre de los puntos de toma para proteger las membranas sensibles.

Una repetición de lo ocurrido en 1991 —cuando Irak vertió millones de barriles de petróleo en las aguas del Golfo— devastaría los modernos sistemas de ósmosis inversa, que son mucho más sensibles a la contaminación que las antiguas plantas térmicas. 

Los ataques contra instalaciones nucleares o petroquímicas costeras iraníes también podrían provocar contaminación radiactiva o química a largo plazo, dejando inutilizables vastas zonas marinas y dañando ecosistemas esenciales para la filtración natural. El resultado sería un aumento de los costes de tratamiento y una reducción drástica de la vida útil de los equipos.

La protección de los sistemas de toma de agua requiere el despliegue constante de barreras flotantes y equipos de respuesta rápida. En tiempos de guerra, estas operaciones se enfrentan a amenazas como las minas navales o las embarcaciones cargadas de explosivos. La interrupción del complejo de Jebel Ali en Dubái, por ejemplo, cortaría el suministro de agua a un centro comercial global, lo que provocaría pérdidas diarias que se cifrarían en miles de millones de dólares.

Mercados, capital y el precio de la inseguridad hídrica

Las amenazas a la infraestructura de desalinización golpean el núcleo del modelo económico del Golfo, construido sobre la estabilidad y la previsibilidad. Las calificaciones crediticias dependen de la prestación ininterrumpida de servicios esenciales a los ciudadanos y a millones de trabajadores expatriados.

Las amenazas persistentes a los sistemas de agua elevan las primas de seguro de los activos industriales y costeros, lo que aumenta el coste de hacer negocios. Los efectos se multiplican: se paralizan grandes proyectos inmobiliarios e industriales, disminuye la inversión extranjera y los presupuestos estatales absorben la carga de las reparaciones de emergencia y las costosas alternativas en medio de la interrupción de las cadenas de suministro globales.

Los ataques repetidos acelerarían la fuga de capitales hacia entornos más estables. Las corporaciones multinacionales con sede en ciudades del Golfo reevaluarán sus planes de expansión si la disponibilidad de agua se vuelve incierta. Esto somete a una presión directa a los programas de transformación económica a largo plazo, incluida la Visión 2030 de Arabia Saudí.

Fomentar la resiliencia bajo fuego

En respuesta, los Estados del Golfo están tomando medidas para reforzar la resiliencia hídrica. Las unidades móviles de desalinización —instaladas en barcos o camiones— ofrecen un alivio temporal, aunque su producción sigue siendo limitada.

Se están llevando a cabo medidas más estratégicas. Los Emiratos Árabes Unidos y Arabia Saudí están invirtiendo en el almacenamiento en acuíferos, inyectando el excedente de agua desalinizada bajo tierra. El sistema de Abu Dabi, por ejemplo, puede abastecer hasta 90 días de demanda de emergencia. El almacenamiento subterráneo proporciona una protección que los embalses expuestos no pueden ofrecer.

Entre las soluciones más eficaces se incluyen las inversiones estratégicas de los Emiratos Árabes Unidos y Arabia Saudí en el almacenamiento de agua mediante la inyección en acuíferos del excedente de agua desalinizada. El proyecto de Abu Dabi, por ejemplo, proporciona reservas suficientes para 90 días de consumo de emergencia. Este método ofrece mayor protección que los depósitos de almacenamiento expuestos, ya que las capas geológicas protegen de forma natural las reservas.

Arabia Saudí también está impulsando la descentralización mediante la promoción de plantas desalinizadoras más pequeñas y distribuidas. Esto dispersa el riesgo, lo que hace mucho más difícil una interrupción a nivel de todo el sistema.

Otras medidas se centran en la eficiencia: reducir las pérdidas de agua en las redes y frenar el consumo en la agricultura y el paisajismo para prolongar las reservas. La interconexión regional de agua también podría surgir como una salvaguardia colectiva, permitiendo transferencias entre Estados si la infraestructura permanece intacta.

Derecho, guerra e impunidad

El derecho internacional humanitario, en particular el artículo 54 del Protocolo Adicional a los Convenios de Ginebra, clasifica las instalaciones de agua como indispensables para la supervivencia de la población civil y prohíbe atacarlas.

Sin embargo, la práctica de EE. UU. e Israel trata habitualmente dicha infraestructura como objetivos legítimos bajo el pretexto del doble uso. Esta lógica conlleva el riesgo de una escalada, ya que la represalia iraní podría situar a las plantas desalinizadoras del Golfo directamente en la línea de fuego, empujando a la región hacia una crisis humanitaria a gran escala. 

Cadenas de suministro y sistemas frágiles 

La continuación de la agresión y la interrupción de las rutas marítimas amenazan el mantenimiento rutinario de las plantas desalinizadoras del Golfo, que dependen de tecnología y componentes importados de proveedores occidentales y asiáticos.

Estas instalaciones dependen en gran medida de mano de obra especializada extranjera. El aumento de los riesgos de seguridad puede provocar la marcha del personal técnico, dejando las operaciones con falta de personal y aumentando la probabilidad de fallos. 

Los productos químicos esenciales —cloro, antiincrustantes y otros— requieren cadenas de suministro estables. Cualquier interrupción degrada la calidad del agua u obliga a cierres para proteger la infraestructura. Asegurar estos materiales se vuelve cada vez más difícil bajo un bombardeo sostenido, lo que podría obligar a recurrir al costoso transporte aéreo.

Gran parte de la red de desalinización del Golfo ya está vinculada a tecnología extranjera —a menudo israelí—, lo que integra influencia externa directamente en la infraestructura más crítica de la región.

El agua decidirá qué sobrevive 

El frente de la desalinización se erige ahora como el desafío de seguridad determinante para los Estados del Golfo. La guerra actual ha puesto de manifiesto una realidad fundamental: el poderío militar y la riqueza petrolera no pueden compensar la ausencia de seguridad hídrica.

A raíz de ello, es probable que los Estados del Golfo reformen su política hídrica, acelerando el uso de energías renovables —solar y eólica— para desvincular la desalinización de los combustibles fósiles y las redes centralizadas. 

Las trayectorias futuras apuntan hacia la desalinización con energía nuclear para la estabilidad a largo plazo, sistemas localizados para reducir la dependencia de las redes centralizadas, defensas cibernéticas y físicas ampliadas para la infraestructura hídrica, y coordinación regional para la respuesta colectiva ante crisis.

El agua —y no el petróleo— determinará en última instancia si los Estados del Golfo pueden soportar un conflicto prolongado, recuperarse de crisis sistémicas y mantener su posición dentro del orden económico mundial.

Sin ella, todo proyecto de desarrollo, toda ciudad y toda visión económica corren el riesgo de colapsar ante el primer ataque sostenido.

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