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viernes, 13 de febrero de 2026

VENEZUELA: LAS COSAS NO SON CÓMO EMPIEZAN, SINO CÓMO TERMINAN

 Augusto Zamora R.

El 19 Digital, 04/01/2026

El 1 de mayo de 2003, un ufano presidente George W. Bush, en un discurso televisado a bordo del portaaviones USS Abraham Lincoln, frente a las costas de California, anunciaba que “las principales operaciones de combate en Irak han finalizado. En la batalla de Irak, Estados Unidos y nuestros aliados han prevalecido”. Detrás de Bush se podía leer una gran pancarta que decía “Misión cumplida”. La ilegal invasión de Iraq había comenzado el 20 de marzo. Bush proclamó la victoria cuarenta días después. En Iraq se decía otra cosa. Que la guerra apenas había comenzado, como efectivamente así fue. Se sucedieron ocho largos y sangrientos años de guerra hasta que, en diciembre de 2011, las últimas tropas estadounidenses abandonaban, derrotadas, Iraq. Medio millón de iraquíes habían perecido de forma violenta, mientras EEUU perdía 4.500 soldados. La guerra no había concluido en mayo de 2003. Había comenzado.

El presidente Bush hizo, en aquel discurso, otra afirmación: “Tenemos una ardua labor por delante en Irak. Estamos poniendo orden en zonas de ese país que siguen siendo peligrosas”. Se refería a lo siguiente: gobernar Iraq como una neocolonia, con las tropas yanquis paseándose por el país como si fuera parque de atracciones. No pudieron. Al final, tuvieron que tragar y entregar el poder a la mayoría chiita, aliada de Irán, y, luego, llegar a compromisos con los iraquíes, muy lejos de lo que pensaban en 2003.

Peor les fue en Afganistán. EE.UU invadió el país en 2001 para derrocar a los talibanes, acusados de terroristas, para retirarse a la desesperada en 2021 dejándole el poder a… los talibanes. En 2025, buscaron negociar con ellos la entrega de una base aérea, a lo que, como podrán imaginarse, el gobierno talibán se negó tajantemente.

La operación terrorista ordenada por Donald Trump contra Venezuela, con el secuestro del presidente Nicolás Maduro, y su eufórico discurso cantando victoria, dando por terminado el episodio y hablando de que gobernarán directamente Venezuela, tiene ecos de déjà vu, de situación vivida, no una, sino muchas veces. Trump hoy, como Bush en 2003, confunde lo inmediato del acto con las consecuencias del mismo. El éxito espurio de una operación comando es una cosa. La cascada de sucesos que el secuestro del presidente venezolano está y seguirá desencadenando es otra. Porque el secuestro de un presidente no es un hecho baladí. Es abrir una caja de truenos que, a su vez, servirá de desencadenante de hechos posteriores que es prematuro -e imposible- imaginar. Si en 2001 alguien hubiera afirmado que, en 2021, los talibanes volverían a entrar triunfantes en Kabul, las burlas habrían sido masivas. Si en 2003 se hubiera dicho que, en 2011, EEUU se retiraría de Iraq sin haber alcanzado sus objetivos, la reacción habría sido similar. Las cosas, bien lo sabemos, no son cómo empiezan, sino cómo terminan.

Los jefes de Estado son, de entrada, personas internacionalmente protegidas, según lo establece la Convención sobre la prevención y el castigo de delitos contra personas internacionalmente protegidas, inclusive los agentes diplomáticos, adoptada por NNUU el 14 de diciembre de 1973. La ONU considera que “los delitos contra los agentes diplomáticos y otras personas internacionalmente protegidas al poner en peligro la seguridad de esas personas crean una seria amenaza para el mantenimiento de relaciones internacionales normales, que son necesarias para la cooperación entre los Estados”. Según el artículo 2 de dicha Convención,“Serán calificados por cada Estado parte como delitos en su legislación interna, cuando se realicen intencionalmente: a) la comisión de un homicidio, secuestro u otro atentado contra la integridad física o la libertad de una persona internacionalmente protegida”. EE.UU, por tanto, ha perpetrado el secuestro de una persona internacionalmente protegida, lo que constituye un delito internacional. Desde esta perspectiva, los tribunales de EE.UU carecen totalmente de jurisdicción para juzgar a una persona protegida internacionalmente que ha sido objeto de secuestro, figura delictiva en todas las legislaciones del mundo, incluyendo a EE.UU.

Por otra parte, se aplica aquí la antigua y fundamental máxima jurídica de que “nadie puede obtener beneficio de su propio dolo”, es decir, que nadie -persona o Estado-, puede prevalerse de un acto doloso o ilícito como base para obtener ventajas o derechos en un proceso judicial. Los tribunales estadounidenses, en tal sentido, no podrían, si respetaran los fundamentos esenciales del Derecho, juzgar en forma alguna al presidente venezolano. Esto no detendrá a los jueces gringos, pero permitirá constatar, una vez más, que, en EE.UU, no impera el Derecho, sino la barbarie y sólo la barbarie. Como recoge el diario The Washington Post, “La captura de Maduro por parte de Estados Unidos puede ser ilegal; eso probablemente no importará en los tribunales”. Detrás de su rostro de ‘civilizados’ se encuentra el esclavista, el genocida y el pistolero, los tres pilares sobre los que se fue construyendo ese engendro que se hace llamar EE.UU.

Secuestrar a un presidente es un acto de guerra; pero, peor aún, es legitimar con hechos cualquier tipo de arbitrariedad derivada de la fuerza bruta. Es retrotraer al mundo la era del imperialismo salvaje del siglo XIX, cuando los supuestamente civilizados europeos se sentían autorizados, en nombre de su superioridad civilizacional, a asesinar, esclavizar, expoliar, destruir y saquear a los pueblos considerados bárbaros y salvajes. Si Trump puede secuestrar a un jefe de Estado, cualquier otro gobierno se sentirá autorizado, si puede, a ordenar el secuestro de Trump o de cualquier otro presidente.

Otra cuestión debemos tener clara. La política del gobierno estadounidense no obedece únicamente a su histórica vocación de violencia, intervención y uso de la fuerza. Aunque su pulsión violenta les impulsa a actuar casi mecánicamente como pistoleros, esa política sigue las pautas establecidas durante las guerras mundiales, sobre todo en la Segunda Guerra Mundial, cuando Washington exigió a los gobiernos del continente un alineamiento sin fisuras con EEUU. Todos los gobiernos se alinearon, excepto el argentino, bajo la presidencia de Juan Domingo Perón, que rehusó declarar la guerra al Eje, por su simpatía hacia el fascismo. El punto no es ése. La rebeldía de Perón llevó a EEUU a promover la desestabilización del gobierno argentino, a tal punto que, en 1945, el embajador gringo, Spruille Braden, instigador de la sangrienta Guerra del Chaco, encabezaba las manifestaciones contra Perón. En octubre de 1945, un golpe de estado derrocó a Perón, que tuvo que ser liberado por los golpistas a causa de una enorme presión popular. Perón ganó las elecciones de 1946 usando el eslogan “Braden o Perón”. Hoy, en Venezuela, pueden parafrasear el eslogan, bajo el lema “Trump o Maduro”.

Trump afirma que EE.UU necesita el petróleo y los recursos venezolanos porque, según él, ‘pertenecen’ a EE.UU. En realidad, lo que Trump quiere es controlar los recursos de todo el continente como parte esencial de la preparación de EE.UU de la guerra que viene contra China y Rusia. Como ya señaláramos en De Ucrania al Mar de la China, desde 2017, durante su primer periodo presidencial, Trump diseñó una estrategia militar que repetía, en lo sustantivo, la adoptada por EE.UU en la II Guerra Mundial. Como se recordará, EE.UU batalló a muerte contra Japón de 1941 a 1944 y no entró de lleno en el escenario bélico europeo hasta junio de 1944, cuando, ya vencido Japón, consideró que podía apuntarse a la guerra contra la Alemania nazi. Para 1944, el Ejército Rojo ya había demolido al ejército nazi, de forma que la participación directa de EE.UU en el escenario europeo tuvo más relevancia en Hollywood que en la guerra misma.

No será posible entender la atroz agresión que sufre Venezuela y el propio secuestro del presidente Maduro y de su esposa si se le aísla del escenario mundial y de la lucha, soterrada e implacable, por el cambio sistémico en curso. Es esa lucha lo que explica la beligerancia de Trump en favor de candidatos derechistas ‘trumpistas’ en el continente americano y en la misma Europa. EE.UU no está pretendiendo devolver la región a lo que era hace un siglo. EE.UU quiere gobiernos alineados y serviles en los países americanos y europeos que bailen a su compás, sin vacilación ninguna, para cuando se inicie el enfrentamiento mundial, particularmente por el dominio del océano Pacífico. Aunque el petróleo esté de por medio, nadie en Venezuela se oponía a inversiones estadounidenses en el sector de hidrocarburos. Todo lo contrario, las cortapisas a una relación comercial mutuamente beneficiosa provenían del gobierno estadounidense. En febrero de 2024, Trump anunció que revocaría la licencia que “el corrupto Joe Biden concedió” a Venezuela, en 2022, para que la multinacional Chevron operara en el país.

El petróleo es más cortina de humo que realidad. De siempre se han hecho mejores negocios en la paz que en la guerra. Durante los veinte años que duró la invasión de Afganistán, ninguna empresa de EE.UU pudo extraer beneficios del país. Fue, todo, un desastre militar, político y, sobre todo, económico. El estudio realizado, al respecto, por la Universidad Brown, en 2019, concluyó que la guerra de Afganistán costó a EE.UU la friolera de 978.000 millones de dólares. Haciendo comparaciones, el PIB de Chile, en 2025, fue de 340.000 millones de dólares. El de Suecia, de 640.000 millones.

La visión estratégica de EE.UU explica, también, el aparente menosprecio de Trump hacia los países atlantistas europeos. Trump los desprecia porque, en su mayoría, se han negado a seguir las directrices dadas desde 2017, de rearmarse comprando armamento estadounidense y de multiplicar por tres el gasto militar, hasta alcanzar el 5% del PIB. Trump, contrario a lo que predican los bobos de turno, no quiere a la OTAN débil. La quiere archi-militarizada con armamento gringo que, además de inyectar centenares de miles de millones de dólares a las arcas de EE.UU -que necesita perentoriamente para financiar el rearme contra China-,conforme una amenaza militar suficiente para amedrentar a Rusia. Y quiere a Rusia amedrentada para que, en caso de guerra con China, Rusia no pueda brindar apoyo suficiente a China. Sin apoyo ruso, EEUU podría soñar con derrotar a China y, una vez derrotada China, pasarían a ocuparse de Rusia.

También explica su aparente interés en la paz entre Rusia y Ucrania. En realidad, Trump ofrece un caramelo para distraer a Rusia y así dar tiempo a que los europeos atlantistas se rearmen. No es un esquema de paz lo que Trump está moviendo en Ucrania, sino de guerra. De la guerra sistémica que sostienen aquellos (China, Rusia, India, Irán…) que quieren instaurar un nuevo orden mundial contra los que (EE.UU y sus títeres europeos) se afanan por impedirlo y prolongar cuanto puedan su hegemonía decadente. Eso aclara el apoyo o el silencio cómplice de la casta política europea hacia la operación terrorista de EEUU en Venezuela. Son zorros del mismo piñal unidos en los mismos objetivos.

No hay, en el mundo actual, conflictos aislados unos de otros. Estamos en un sistema de vasos comunicantes donde todos los grandes frentes de conflicto -Ucrania, Gaza, Irán, Asia-Pacífico, África, hoy Venezuela-, están intercomunicados y unos influyen en los otros. Lo que ha movido a EE.UU contra Venezuela está relacionado con la pretensión gringa de apoderarse de Groenlandia. EEUU quiere una Groenlandia yanqui para hacer allí un símil de Taiwán y cerrar a Rusia el acceso al océano Atlántico. Y así…

Es la versión geopolítica del efecto mariposa (“un pequeño cambio ahora puede dar lugar a un cambio gigantesco e impredecible en el futuro”). Pueden ser conflictos localizados en una geografía determinada, pero que forman parte del conflicto global, cuyo escenario principal -no se engañe nadie- es el control del Pacífico. Allí, en el ‘arco del triunfo’ que va de la península coreana a India -que referimos en Política y geopolítica para rebeldes, irreverentes y escépticos-, está el corazón de la economía mundial, la mitad de la población y las cuatro mayores potencias globales.

El acto criminal contra Venezuela tiene otras secuelas, las inmediatas. Una de ellas es recordarnos, de golpe, que el imperialismo depredatorio y violento no ha muerto. Está vivo y coleando, esperando únicamente que nos durmamos para asaltarnos. También sirve para recordar que la lucha antiimperialista acabará sólo cuando los sistemas imperialistas hayan sido derrotados. No es posible saber qué derroteros seguirá la agresión contra Venezuela. Lo que debemos tener claro es que, mientras el enemigo está despierto, estamos obligados a permanecer en vigilia. Hoy es Venezuela, mañana cualquiera. De fondo, el planeta entero.

Una inédita versión global de lucha entre opresores y oprimidos. Entre oligarquías y pueblos. Entre un mundo unipolar, en manos criminales, y el mundo multipolar, que queremos en manos de la humanidad. Venezuela es el nuevo capítulo, no el último. Habrá otros. Irán, Egipto, Indonesia, África Central… Y no hay que llamarse a engaño. La acción criminal contra Venezuela acelerará el choque global. Si Trump enseña los dientes otros tendrán que apurarse con los misiles.

Sin dar espacio al desaliento, toca estar alertas y preparados. Se han perdido, se pierden y se perderán batallas, pero, al final, la victoria será nuestra. Hagan números y verán que salen las cuentas.


martes, 6 de enero de 2026

PEPE ESCOBAR: LA INTERVENCIÓN EN VENEZUELA ES UNA OPERACIÓN DE SALVAMENTO DEL PETRODÓLAR

Pepe Escobar

Observatorio de la crisis, 05/01/2026


Esta mañana el humo se está alzando desde Caracas. Y no es el humo de las refinerías petroleras, es el humo de las bombas estadounidenses que acaban de cambiar para siempre el equilibrio geopolítico del planeta. Estamos presenciando el momento más crítico desde el fin de la Guerra Fría. 

Las decisiones que se toman en Washington en estas próximas horas determinarán si Estados Unidos puede mantener su hegemonía por algunas décadas más o si acabamos de ver el acelerador definitivo de la transición hacia el mundo multipolar. 

Lo que está ocurriendo en Venezuela en estas últimas 72 horas no es simplemente una operación militar más. Es el último acto desesperado de un imperio en decadencia que ha decidido apostar todo a una sola carta, controlar las reservas de petróleo más grandes del mundo antes de que el sistema Petrodólar colapse definitivamente. 

La operación militar estadounidense contra Venezuela que Trump ha bautizado como Absolute Resolve no es lo que parece en la superficie. Mientras los medios occidentales hablan de narcotráfico y democracia, la realidad es mucho más brutal y calculadora. Estados Unidos está librando su última batalla por el corazón energético de América y cada barril de petróleo venezolano que fluye hacia China es un clavo más en el ataque de la hegemonía estadounidense. 

¿Por qué Venezuela? ¿Por qué ahora y por qué Trump está arriesgando una confrontación con China y Rusia por un país que Washington ha intentado derrocar durante más de dos décadas sin éxito? 

La respuesta está en los números que nadie quiere mencionar, en los contratos que nadie quiere discutir y en la realidad geoeconómica que está redefiniendo el planeta. Venezuela posee las reservas de petróleo probadas más grandes del mundo, 303.8.000 millones de barriles. Para poner esto en perspectiva, esto es más petróleo que Arabia, Arabia Saudita, Rusia, Canadá e Irak combinados, pero aquí viene la parte que mantiene despierto a Washington. 

El 76% de la producción petrolera venezolana actualmente está siendo comprada por China, no por Estados Unidos. Lo que hace aún más preocupante esta situación para los estrategas estadounidenses es que el petróleo venezolano no es cualquier petróleo. 

Su ubicación geográfica permite que llegue a China en 35 días por el canal de Panamá, mientras que el petróleo del Medio Oriente tarda 45 días y debe pasar por el estrecho de Malaca que Estados Unidos puede bloquear en cualquier momento. Venezuela le da a China seguridad energética en el hemisferio occidental. 

Justo en el patio trasero estadounidense, Beijing no solo está comprando el petróleo venezolano, está financiando toda la infraestructura para extraerlo, refinarlo y transportarlo. Los chinos han invertido más de 67.000 millones de dólares en el sector energético venezolano desde 2007 y cada dólar de esa inversión está denominado en yuanes, no en dólares. 

Estas inversiones chinas no son préstamos tradicionales como los que ofrece el Fondo Monetario Internacional. Son acuerdos de intercambio de recursos por infraestructura. China construye carreteras, puertos, refinerías y sistemas de telecomunicaciones a cambio de suministros garantizados de petróleo a precios preferenciales. 

Es un modelo completamente diferente al de extracción neocolonial que ha caracterizado las relaciones Estados Unidos América Latina durante dos siglos. Pero la historia se vuelve aún más fascinante cuando entendemos que no se trata solo de petróleo. 

Venezuela también posee las segundas reservas de oro más grandes de América Latina y desde 2018 cada onza de oro venezolano que venta del país va directamente a China, pagada en yuanes como parte de los acuerdos de swap de monedas entre Caracas y Beijing. Aquí es donde la narrativa estadounidense del narcotráfico se desmorona completamente. 

El verdadero crimen de Venezuela no son las drogas que supuestamente envían a Estados Unidos. Drogas que, por cierto, en su mayoría llegan desde Colombia, aliado estratégico de Washington. El verdadero crimen de Venezuela es estar construyendo un sistema económico completamente independiente del dólar estadounidense. Esto nos lleva al punto de que nadie en los medios occidentales quiere tocar. 

La operación militar estadounidense en Venezuela es fundamentalmente una operación de salvamento del petrodólar. Trump lo sabe, Maduro lo sabe, Putin lo sabe y Xi JinPing definitivamente lo sabe. El sistema Petrodólar, establecido por Henry Kissinger en 1973, requiere que todo el petróleo del mundo se comercialice en dólares estadounidenses. Esta es la base del poder financiero global de Estados Unidos. 

Pero Venezuela junto con Rusia, Irán y cada vez más países BRICS Plus está comerciando petróleo en monedas nacionales, principalmente el yuan chino. Este sistema petrodólar le permite a Estados Unidos imprimir dólares infinitamente sin sufrir inflación porque hay una demanda global constante de dólares para comprar energía. 

Sin embargo, cuando países con grandes reservas energéticas comienzan a aceptar otras monedas, la demanda de dólares disminuye y la capacidad estadounidense de financiar su déficit comercial y militar se erosiona rápidamente. Venezuela representa el 18% de las reservas probadas de petróleo del mundo operando fuera del sistema dólar. Es una hemorragia que Washington no puede permitir. 

Cuando Trump dice que Venezuela está robando petróleo estadounidense, está revelando una mentalidad imperial que considera que todos los recursos energéticos del mundo le pertenecen naturalmente a Estados Unidos. 

Pero la realidad es que Venezuela está simplemente eligiendo a sus socios comerciales y esos socios no están en Washington, están en Beijing y Moscú. En los últimos 5 años Venezuela ha estado sistemáticamente repatriando todo su oro desde Londres y Nueva York hacia China y Uganda. Este no es un movimiento aleatorio, es una preparación para lo que está ocurriendo ahora. 

Venezuela sabía que eventualmente Estados Unidos tomaría medidas militares directas porque Venezuela representa una amenaza existencial para el sistema monetario estadounidense. Un país con las reservas de petróleo más grandes del mundo, operando completamente fuera del sistema dólar, es como una bomba de neutrones para la hegemonía financiera estadounidense. 

La respuesta china ha sido extremadamente estratégica y silenciosa. Mientras Trump despliega portaaviones y bombardea muelles en la Guaira, China está cerrando acuerdos energéticos alternativos con Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos e Irán. Beijing entiende que Venezuela es solo el primer dominó en una guerra energética más amplia. 

Los analistas occidentales están subestimando completamente la velocidad con la que China puede reconfigurar los mercados energéticos globales. En las últimas 48 horas, mientras las bombas caían en Caracas, Beijing ha firmado contratos preliminares para importar gas natural licuado de Qatar, pagado en yuanes, acuerdos de refinamiento conjunto con Kuwait y lo más significativo, ha acelerado las conversaciones con Arabia Saudita para establecer un hub energético en el Golfo Pérsico que operaría completamente en monedas no occidentales. 

La ironía suprema de toda esta crisis es que la agresión militar estadounidense contra Venezuela está acelerando exactamente lo que Washington quiere prevenir, la desdolarización global. Cada bomba que cae en suelo venezolano envía un mensaje claro a todos los países del sur global. Si tienes recursos que Washington considera estratégicos, eres un objetivo. 

Brasil, que comparte una frontera de 2.200 kilómetros con Venezuela, ha respondido con una declaración que pocos medios occidentales han reportado. Brasilia ha anunciado que cualquier expansión de operaciones militares estadounidenses hacia territorio brasileño será considerada un acto de agresión. Argentina, se mantiene en silencio, pero sus generales están nerviosos. 

La reacción más interesante viene de Colombia. Bogotá apoya oficialmente la operación estadounidense, pero extraoficialmente Colombia está acelerando sus conversaciones para unirse a BRICS Plus. ¿Por qué? Porque Colombia entiende que si Estados Unidos puede bombardear a Venezuela por su petróleo, puede bombardear a Colombia por su oro, su carbón o cualquier otro recurso que Washington considere estratégico. 

La verdadera batalla no se está librando en los muelles de la Guaira o en los campos petroleros del Orinoco. Se está librando en los mercados financieros globales, en las cámaras de compensación de Shangai, en los bancos centrales de Riad y Teherán . Rusia ha respondido a la operación estadounidense de una manera que pocos analistas occidentales entienden. 

Moscú no está enviando tropas a Venezuela aún, pero está haciendo algo mucho más devastador para los intereses estadounidenses. Está acelerando la integración del comercio energético ruso, chino, iraní, venezolano, en una sola plataforma de liquidación denominada yuanes. 

Esta plataforma que Beijing y Moscú han estado desarrollada en secreto durante 3 años permitiría que todo el comercio energético entre estos países se realice sin tocar el sistema bancario occidental. No más Swift, no más dólares, no más bancos estadounidenses como intermediarios. Irán ya está probando esta plataforma con sus exportaciones de petróleo a China. Venezuela estaba a punto de integrarse completamente cuando comenzó la operación militar estadounidense. 

Putin entiende que la mejor manera de responder a la agresión estadounidense no es con más violencia, sino acelerando el sistema financiero que hará irrelevante la violencia estadounidense. 

La pregunta que todos en Washington deberían estar haciendo, pero que nadie quiere hacer es esto. ¿Qué pasará cuando Arabia Saudí se integre a esta plataforma? Porque los Saudíes ya han comenzado conversaciones exploratorias. Si Riad decide comerciar petróleo en yuanes a través de esta plataforma ruso-china, el sistema petrodólar colapsa de la noche a la mañana. 

Trump habla de proteger el petróleo venezolano para Estados Unidos, pero está ignorando una realidad fundamental. Venezuela ya no necesita Estados Unidos. China está comprando toda la producción venezolana. Rusia está proporcionando la tecnología militar y energética e Irán está compartiendo su experiencia en resistencia a las sanciones estadounidenses. 

La operación militar estadounidense en Venezuela está revelando algo que pocos en Washington quieren admitir. Estados Unidos ya no tiene la capacidad económica para competir con China en América Latina. Beijing puede ofrecer inversión real en infraestructura, tecnología y comercio a largo plazo. Washington solo puede ofrecer amenazas militares y sanciones. 

Esta es la razón por la cual la operación Absolute Resolve está destinada a fracasar estratégicamente, incluso si tiene éxito tácticamente. Trump puede derrocar a Maduro, puede instalar un gobierno títere en Caracas, puede incluso controlar temporalmente los campos petroleros venezolanos, pero no puede cambiar la realidad que China es ahora el socio comercial más importante de América Latina. 

Y esa realidad no va a cambiar con bombardeos. Los chinos están jugando una partida completamente diferente. Mientras Estados Unidos gasta billones de dólares en operaciones militares para controlar recursos energéticos, China está construyendo la infraestructura para hacer irrelevante esa dependencia. 

Beijing está invirtiendo masivamente en energías renovables, en tecnología de almacenamiento de energía, en redes eléctricas inteligentes que pueden funcionar con múltiples fuentes de energía. 

La estrategia China a largo plazo no es simplemente reemplazar a Estados Unidos como hegemón global, es crear un sistema multipolar donde ningún país pueda monopolizar los recursos energéticos globales como Estados Unidos lo ha hecho durante los últimos 50 años. Venezuela es crucial para esta estrategia china porque proporciona la base energética para todo el proyecto de la franja y la ruta en América Latina. 

Los puertos que China está construyendo en Perú, las carreteras que está financiando en Ecuador, los ferrocarriles que está planificando en Brasil, todo esto requiere un suministro seguro y estable de energía que no pueda ser interrumpido por sanciones estadounidenses. Maduro entiende perfectamente su papel en este gran juego. 

Venezuela no está simplemente resistiendo a la agresión estadounidense, está ayudando a construir la infraestructura del mundo post hegemónico . Cada tanque de petróleo venezolano que llega a China es una inversión en un futuro donde Washington no puede dictar quién comercia con quién. 

La respuesta rusa a la crisis venezolana está siendo igualmente calculada. Moscú no está enviando al almirante Kutnesov al Caribe para confrontar a la flota estadounidense. Putin está haciendo algo mucho más inteligente. Está acelerando la entrega de sistemas de defensa aérea S400 y misiles hipersónicos Quinzal a Venezuela. 

Estos sistemas se convertirán a Venezuela en prácticamente inexpugnables para ataques aéreos estadounidenses futuros. Pero más importante, envíen un mensaje claro a todos los países del sur global. Si se alían con Rusia y China, recibirán la protección militar necesaria para resistir la coerción estadounidense . 

El verdadero genio de la estrategia ruso china es que no requiere confrontación directa con Estados Unidos, simplemente requiere hacer que la coerción militar estadounidense sea demasiado costosa y arriesgada para ser sostenible. 

Si Estados Unidos tiene que bombardear un país diferente, cada vez que ese país elige comerciar con China, el imperio estadounidense se agotará económicamente en pocos años. Trump está caminando directamente hacia esta trampa. Cada escalada militar en Venezuela requiere más recursos que Estados Unidos ya no puede costear. 

La guerra en Ucrania ha demostrado que Washington no puede ni siquiera mantener el suministro de artillería para un solo conflicto próximo y ahora está abriendo un segundo frente en América Latina. La economía estadounidense simplemente no puede sostener operaciones militares simultáneas en Europa del Este, el Caribe, el Golfo Pérsico y potencialmente el estrecho de Taiwán. China y Rusia lo saben y están coordinando sus respuestas para forzar exactamente esta situación de sobrecarga militar estadounidense. 

La parte más importante de toda esta crisis es como está revelando las contradicciones internas del propio sistema estadounidense. Trump necesita el apoyo del complejo militar industrial para sus operaciones en Venezuela, pero ese mismo complejo militar industrial es cada vez más dependiente de materias primas chinas para fabricar armas estadounidenses. 

Las tierras raras necesarias para los sistemas de guía de tierras de misiles, los componentes electrónicos para los sistemas de comunicación militar, incluso los metales para las aleaciones de los aviones de combate. Una parte significativa de estos materiales viene de China o de países aliados con China. 

Estados Unidos está literalmente dependiendo de sus adversarios para construir las armas que planea usar contra sus adversarios. Más irónico aún, los sistemas de propulsión naval estadounidenses dependen de minerales extraídos en África por compañías chinas. 

Los semiconductores avanzados para sistemas de guerra electrónica requieren litio boliviano que China controla a través de joint ventures y los componentes para sistemas de defensa antimisiles incluyen elementos que solo se procesan en instalaciones chinas o rusas. Esta dependencia explica por qué la respuesta china a la operación venezolana ha sido tan medida. 

Beijing no necesita confrontar directamente a Estados Unidos, simplemente necesita esperar hasta que Washington se dé cuenta de que está luchando con armas hechas con materiales chinos. Aquí llegamos al punto central de toda esta crisis. 

La operación militar estadounidense en Venezuela no es realmente sobre Venezuela, es para prevenir el surgimiento de un sistema económico global que no depende de Estados Unidos. Pero ese sistema ya está emergiendo. Y bombardear Venezuela no va a detenerlo. 

El mundo multipolar no es una teoría o una aspiración, es una realidad que se está desarrollándose en tiempo real. El BRICS Plus representa ahora más del 40% de la población mundial y más del 35% del PIB global. Estas cifras van a aumentar dramáticamente cuando Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos e Irán se integran completamente al sistema financiero BRICS Plus. 

Venezuela es importante porque representa la transición del mundo unipolar al multipolar. Un país con recursos enormes, eligiendo libremente sus socios comerciales, desarrollando su economía en cooperación con múltiples potencias, resistiendo exitosamente la coerción de la única superpotencia. Este es el futuro y ninguna cantidad de bombardeos lo va a cambiar. 

La ironía final de la operación Absolute Resolve es que está resolviendo absolutamente lo contrario de lo que pretende resolver. En lugar de restaurar la hegemonía estadounidense en América Latina, está acelerando la integración de América Latina con el bloque euroasiático liderado por China y Rusia. 

Brasil está acelerando sus conversaciones para una mayor integración comercial con China. Argentina está reconsiderando su alineación con Estados Unidos. Incluso México está explorando silenciosamente opciones para reducir su dependencia del mercado estadounidense. Trump está logrando lo que décadas de diplomacia china no pudieron lograr. Unificar América Latina contra la hegemonía estadounidense. 

Desde este café en París, mientras termino mi último sorbo de café etíope, la pregunta que queda flotando en el aire no es si Estados Unidos puede ganar en Venezuela. La pregunta es, ¿cuánto tiempo puede Washington sostener una estrategia que está acelerando su propia irrelevancia geopolítica? La verdadera tragedia de la operación Absolute Resolve es que está resolviendo exactamente lo opuesto a lo que pretende resolver. 

En lugar de restaurar el prestigio estadounidense, está demostrando al mundo que Estados Unidos ya solo puede relacionarse con sus vecinos a través de la violencia. En lugar de fortalecer el dólar, está acelerando la búsqueda global de alternativas. 

En lugar de aislar a China, está empujando a más países hacia la órbita china. Los historiadores del futuro marcarán la operación militar estadounidense en Venezuela como el momento en que la hegemonía unipolar se suicidó públicamente, no por las bombas que cayeron en Caracas, sino por la demostración de que el imperio ya no tenía instrumentos de poder más allá de la fuerza bruta. 

El petróleo y la sangre que están fluyendo en Venezuela hoy no son el final de una historia, son el principio de una nueva era donde ningún imperio puede monopolizar los recursos del mundo, donde los países pueden elegir libremente sus alianzas y donde la multipolaridad no es una aspiración, sino una realidad irresistible. 

La última batalla por el corazón de América está ocurriendo ahora, pero no se está librando donde Washington cree que se está librando. Se está librando en los bancos centrales de Beijín y Moscú, en los ministerios de energía de Riad y Teherán, en las mentes de líderes de todo el sur global que están observando como un imperio desesperado recurrir a la violencia cuando la economía y la diplomacia ya no funcionan. 

Estados Unidos puede ganar batallas, pero China y Rusia están ganando la guerra. Y esa guerra no se trata de territorio o ideología, se trata del futuro del poder en un mundo donde el poder ya no puede ser monopolizado por una sola nación sin importar cuán poderosa haya sido una vez. 

La historia está siendo escrita en tiempo real y Venezuela es simplemente el primer capítulo de una historia mucho más grande, la historia de cómo el mundo aprendió a vivir sin un hegemón único y cómo ese aprendizaje comenzó con sangre y petróleo en las costas del Caribe.

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